Recientemente he tenido la oportunidad de  hacer el diseño del escudo episcopal de monseñor Carlos María Domínguez, fraile agustino recoleto.

ALEGRES EN LA ESPERANZA”

Explicación del escudo

El lema episcopal  de Fr. Carlos María Domínguez está tomado de la carta de San Pablo a los Romanos 12, 12. Dentro de una serie de recomendaciones que tienen como fundamento el amor en la comunidad cristiana, San Pablo exhorta a los Romanos a estar alegres en la esperanza, constantes en la tribulación y perseverantes en la oración. Para ser alegres en la esperanza se necesita cultivar aquella que no defrauda y que tiene su motivación más profunda en Cristo muerto y resucitado. Esta alegre esperanza no podría subsistir sin la perseverante oración que invita a afrontar todas las difíciles situaciones de prueba.

Decía San Juan Pablo II: “La perspectiva de la esperanza teologal, junto con la de la fe y la caridad, ha de moldear por completo el ministerio pastoral del Obispo. A él corresponde, en particular, la tarea de ser profeta, testigo y servidor de la esperanza. Tiene el deber de infundir confianza y proclamar ante todos las razones de la esperanza cristiana (cfr. 1Pe 3, 15). El Obispo es profeta, testigo y servidor de dicha esperanza. De este modo, viviendo como hombres de esperanza y reflejando en el propio ministerio la eclesiología de comunión y misión, los Obispos deben ser verdaderamente motivo de esperanza para su grey. Sabemos que el mundo necesita de la «esperanza que no defrauda» (Rm 5, 5). Sabemos que esta esperanza es Cristo. Lo sabemos, y por eso predicamos la esperanza que brota de la Cruz” (Pastores gregis 3.5).

En la espiritualidad sacerdotal de Fr. Carlos María ha sido una figura marcante el testimonio y la palabra del Siervo de Dios el Cardenal Eduardo F. Pironio quien, en su ministerio episcopal, se esforzó por ser un alegre servidor de la esperanza y predicarla constantemente.

El escudo episcopal está formado por un campo de color verde que es el color propio de la esperanza. También simboliza aquella mies abundante a la que fueron enviados los 72 discípulos para predicar el Reino de Dios (cfr. Lc 10, 1-12. Por último, simboliza el terreno donde debe ser sembrada la semilla de la Palabra de Dios  (cfr. Mc 4, 1-9) de la que el obispo es servidor, anunciándola a tiempo y a destiempo (cfr. 2Tm 4, 2).

Dentro del campo del escudo se encuentran tres símbolos muy significativos en la vida de Fr. Carlos María.

En la parte superior se encuentra un corazón flechado y en llamas, y un libro, que es el emblema de la Orden de Agustinos Recoletos, familia religiosa de la que proviene el nuevo obispo. Estos símbolos reflejan el lema de los Agustinos Recoletos: “Ciencia y Caridad”. Este símbolo agustiniano por excelencia está tomado de una frase de las Confesiones de San Agustín: “Heriste mi corazón con el dardo de tu Palabra y te comencé a amarte” (Conf. 10, 6, 8). El libro, que representa la Palabra de Dios, es la fuente de donde nace el amor; no hace referencia a un simple saber profano sino al saber último que da razón a cualquier otro saber: el saber sobre Dios y, desde él, sobre el hombre.

En la parte inferior derecha se encuentra una estrella de ocho puntas que es el símbolo tradicional de la Virgen María, a quien la Iglesia invoca con el título “Estrella de la Mañana”. Para San Agustín, María es la estrella que rompió la oscuridad de la noche; la estrella que, con su luz, anuncia el nacimiento del Sol. La Virgen María ha estado presente en los momentos más significativos de la vida de Fr. Carlos María. Ingresó al seminario un 11 de febrero, día de la Virgen de Lourdes. Realizó su profesión religiosa a los pies de la Virgen de Luján. Y fue ordenado sacerdote bajo la maternal mirada de la Virgen de la Consolación, patrona de la Orden de Agustinos Recoletos.

En la parte inferior derecha se encuentra un lirio en flor, símbolo tradicional de San José a quien Fr. Carlos María tiene una especial devoción. En el Evangelio, José no pronuncia una sola palabra. Es símbolo de aquel que hace silencio porque tiene escuchar la voluntad de Dios para cumplir la misión que se le encomienda. A José se le encomienda la misión de ser custodio de Jesús y de María (cfr. Mt 1, 20). El Papa Francisco se pregunta cómo ejerce San José esa custodia: “Con discreción, con humildad, en silencio, pero con una presencia constante y una fidelidad total, aun cuando no comprende. Con la atención constante a Dios, abierto a sus signos, disponible a su proyecto, y no tanto al propio. Y José es «custodio» porque sabe escuchar a Dios, se deja guiar por su voluntad, y precisamente por eso es más sensible aún a las personas que se le han confiado, sabe cómo leer con realismo los acontecimientos, está atento a lo que le rodea, y sabe tomar las decisiones más sensatas” (Homilía del comienzo del Pontificado, 19 de marzo de 2013). La devoción a San José es parte de la espiritualidad agustino recoleta.

Por último, el báculo detrás del campo, simboliza el ministerio pastoral que se le encomienda al obispo de cuidar a todo el rebaño que el Espíritu Santo le confía.

 

 

 

 

 

 

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